Pedro Marco 1949-1966

En el mes de junio de 1966 yo había finalizado con éxito el bachillerato elemental, motivo por el cual mis padres estimaron que había llegado el momento de mi contribución a la economía doméstica alejado de los sinsabores e ingratitudes de las labores del campo. En aquella época, en Villena, abandonar el campo por una fábrica era considerado como una manifestación de clara mejoría en la reputación social.

Algo parecido debió pasarle a Pedro Marco porque yo con catorce años y él con dieciséis nos encontramos trabajando ese verano en Timbrados Navarro, una empresa de artes gráficas dedicada a la impresión de cajas de cartón y componentes del calzado, especializada en serigrafía.

En esa época y de ese encuentro surgió una amistad inquebrantable e íntima que hemos mantenido desde entonces a pesar de azarosos distanciamientos geográficos impuestos por las circunstancias en las que nuestras vidas se fueron desarrollando.

Desde la amistad, por tanto, y desde su carga de emociones y sentimientos, hago un deshilvanado e inconexo recorrido por su vida tal como la fui conociendo, compartiendo, invadiéndome de ella, de sus esperanzas y sus miedos, de sus alegrías y sus tristezas, de sus amistades y sus amores, de sus desamores y desencuentros, de sus fantasías y sueños.

En varias ocasiones hemos afirmado los dos que en el timbrado se fraguó nuestro destino. Cuando yo me incorporé a trabajar en él, Pedro manejaba con facilidad el componedor de moldes tipográficos y los cajones repletos de letras plomizas y separadores de los que extraía letras pequeñas, grandes o medianas según conviniera, con las que formaba palabras, y con las palabras, frases, y con las frases y palabras intenciones de algún desconocido. Pero Pedro quería dibujar, pintar, convertir su fantasía en imágenes, líneas, dibujos, insinuaciones. Para que Pedro cumpliera ese deseo yo debía aprender con rapidez a manejar los cajones de tipografía y el componedor de moldes. Y así fue, en menos de un mes yo encontré en las palabras razones para expresar mis sentimientos, Pedro pudo dedicarse al dibujo y al diseño a cambio de regalarme el dominio del componedor.

Pedro Marco esperaba ese momento desde los trece años cuando sus maestros, los hermanos Sánchez Griñán, conocedores de las carencias familiares y de su habilidad por el dibujo, le habían buscado ese trabajo convencidos de que en él encontraría los rudimentos técnicos que le permitirían desarrollar las potencialidades creativas forjadas en los continuados días de reposo en cama a los que le condenaron durante varios años de su infancia, unas pertinaces "anginas" que se repetían frecuentemente y que le hacían perder, con excesiva reiteración, las clases que, entre juegos, paseos, deberes y botes con brasas para calentar la escuela, impartían con sencillez y sabiduría estos maestros vocacionales y entregados, tan decisivos en su vida que se han instalado en su memoria como una impresión imborrable, afectuosa y grata.

El tiempo en el timbrado dejó en nosotros dos otra huella, la huella de Juanico Bartolo; una persona singular para la época, un republicano convencido cuyo bagaje cultural, en tiempos de mediocridad, y sus ideas de democracia, libertad sindical, solidaridad y rebelión impactaron en nosotros acompañadas de versos de Machado que nos recitaba con pasión y que escuchábamos ensimismados. Su afabilidad, honestidad y entrega, junto con las ideas y pensamientos que nos transmitía, despertaron inquietudes poco habituales en aquellos años y mucho menos a nuestra edad.

Si Juanico Bartolo fue determinante en nuestras vidas, Pepe "Centeno", dibujante del timbrado, lo sería también en la trayectoria de Pedro. Su experiencia con las líneas, las sombras, los colores, las tintas y los blancos fueron modelando y corrigiendo con seriedad y cariño las manos, los lápices, los pinceles y la imaginación adolescente de Pedro.

El tiempo del timbrado fue también la clave en nuestras relaciones. Desde las limpias miradas que sostenían nuestros ojos y nuestros corazones fuimos adentrándonos en interiores y secretos, sacando a la luz, a nuestra luz de amigos, inquietudes y sentimientos; y fuimos también adentrándonos en el conocimiento de lo que nos rodeaba.

Lo que rodeaba a Pedro, su entorno vívido e intenso era su familia, su calle, sus amigos, el recuerdo infantil e inocente de sus años escolares y el amor casi obsesivo por Leonor Serrano, quien luego sería definitivamente su compañera para toda la vida.

Pedro Marco había nacido el 12 de septiembre de 1949 en el número 15 de la calle el Hilo. Ahí transcurrieron los primeros años de su infancia junto con sus padres, Paco "el Hortelano", Trini "La Rusa", su hermano Pepe y su hermana Aguedín, hasta que con seis años se trasladara la familia a la calle Baja donde luego nacería su hermano Paco.

En cualquier caso, las dos calles son emblemáticas del Rabal, y el Rabal será, por tanto, su escenario de realidades y sueños, de esbozos y dibujos, de juegos y experiencias, de carestía y trabajo, de amistades y sueños.

En la calle, cuando Pedro era un niño, todo era solemne, todo se aglutinaba en nubes de colectividad; las miradas se amaban en un cauce de ojos, los besos en ríos de bocas, las sonrisas en estrellas de tierra y de metal. Allí supo Pedro Marco la amistad, la amistad iniciada en la "cuadrilla de pascua" que acabó formalizada en la panda de los "Cuervos Blancos", y que de guateque en guateque sería para siempre, porque todo lo ha seguido compartiendo y admirando.

Sus mejores amigos, me consta, siguen siendo los de aquella calle y aunque no los nombro por temor a olvidarme de alguno debo mencionar a Paco Martínez artista autodidacta como él y a Paco Torreblanca trabajador incansable de azúcares y natas, y chocolates, y dulces y de quien siempre recuerda Pedro que trabajaba hasta los domingos en la pastelería de su tío.

La calle supo también la inmensa alegría del descubrimiento del Tesoro de Villena porque los primos Pedro y Enrique Domenech acompañaban a José Mª Soler esa tarde de magia con Pedro y Enrique en la rambla del Panadero. Y la alegría por aquel fabuloso descubrimiento, y la notoriedad de sus descubridores fueron de la calle, se hicieron de la calle y la sencillez de sus gentes se encumbró de gloria con aquel hallazgo.

Más allá de la calle estaba el campo y las entrañas que la tierra esconde y que había que desenterrar; por eso, siempre que le era posible y el trabajo con las vacas de su padre se lo permitía, acompañaba a sus amigos y a José Mª Soler y les ayudaba a cribar tierras y a extraer del subsuelo retazos de nuestra historia en forma de tinajas, puntas de flecha o hachas de pedernal. De estas experiencias surgirá la pasión de Pedro Marco por la arqueología, la más importante después de la pintura, cuyos exponentes merodean como hablándole por los rincones de su estudio y cuya iconografía con tanta frecuencia aparecerá en sus cuadros. Surgió también de estos paseos y será la influencia decisiva en su formación, la amistad con José Mª Soler quien acabará siendo su mejor tutor y mentor.

De los años sesenta guardará Pedro Marco sus mejores recuerdos, explotaba su adolescencia, sentía que en el ambiente había menos carestía, incluso felicidad y alegría. Sonaban los Beatles en el aire desprendido de radios y picús, dibujaba Pedro en la cambra de su casa acompañado de Paco Martínez, se ensimismaba y obsesionaba con líneas y sombras y vacíos y colores y telas cartones. Parecía que un camino se abría ante sus ojos para transitarlo armado de lápices, pinceles y gomas de borrar, mientras Paco Torre-blanca se atrevía a hacer ensayos de escultura en piedra.

Asiste a "La Sociedad" taller-escuela de formación profesional, dibujo artístico con Pepe Cortés y dibujo lineal con Ramón Rodríguez.

En 1965 Pedro Marco gana un premio en la especialidad de óleo en el VII certamen juvenil de arte de Murcia y por esta razón su padre le lleva a Madrid al Museo del Prado. El impacto de El Jardín de las delicias de El Bosco, de El triunfo de la muerte de Brueghel, de las carnes de las ninfas perseguidas por faunos caprípedes de Rubens y la época negra de Goya determinaría su forma inicial de pintar, su concepto onírico y el acercamiento al mundo del surrealismo. Ese viaje convirtió su estudio en un lugar de vida, vida de pinceles y de tintas y compañía de sus amigos que estudiaban allí mientras él se enfrentaba al reto de pintar un cuadro enorme basado en la Divina Comedia de Dante que sería finalmente su primera obra, "Visión de Dante" que propiciaría, unos meses antes de conocernos en el timbrado, su primera exposición, la que tuvo lugar en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros del Sureste de España.

Yo dejé pronto el Timbrado y a Pedro, pero nunca nos dejamos, siempre hemos sido el sueño compartido, la amistad embastada desde niños o, como dijimos hace años, jacintos que en septiembre pechiabiertos florecen.

Ahora, cuarenta años después, aparece la memoria como un rizo que nos roza y nos despierta ebrios. Y parece que la vida, olvidada de sinsabores y tristezas, ha sido un don, el don de vivir, de soñar y de pintar los sueños sin olvidar nunca que se fue de una familia sencilla, de una calle también sencilla, de unos amigos grandiosos, de una mujer enamorada. Todo tan humano que ahora la obra que se recoge y vamos a poder contemplar junta, presiento que será fundamentalmente eso, humanidad y vida, memoria y corazón.

Eleuterio Gandía, Abril de 2006